Código del oeste

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Antes de que Mary pudiera seguir el interrogatorio, regresó Georgiana con las manos llenas de diversos objetos, entre los cuales se destacaban una jofaina con agua y una toalla. Entre las dos mujeres lavaron cuidadosamente la herida, que resultó ser dolorosa, mas poco profunda, e hicieron lo que pudieron por acomodarle un buen vendaje. Pero Cal se opuso a que lo entrapajaran dejándolo medio ciego con la aplicación de las vendas. Por lo tanto tuvieron que conformarse con ponerle algodón y unas tiras de esparadrapo. Terminada la cura, Georgiana contempló al herido con interés de propietaria.

—Cal, ¿ganó la pelea?, —quiso saber con genuina curiosidad.

—Por lo menos, fue mitad y mitad esta vez —contestó el mozo.

—¿Con quién fue?

—¿Y a usted qué puede importarle, Georgiana?

—¡Oh!, aunque no me lo diga, lo sé de sobra. Leo sus pensamientos, Cal Thurman.

—Pues si es así, mucho me sorprende que se muestre tan contenta —advirtió sarcásticamente el muchacho.

Esa réplica, o algo que escapó a la perspicacia de Mary, despojó a la señorita Georgiana de su petulancia. Quedóse sin saber qué decir. Luego, por uno de aquellos inexplicables cambios tan peculiares en ella, mudó de actitud, presentándose humilde y obsequiosa.


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