Código del oeste
Código del oeste A fuerza de insistentes súplicas logró que entrara y les acompañara a la mesa. Georgiana se encargó de servir, pero se había vuelto muy callada. Mary, sintiendo la necesidad de despejar la situación, charló por los codos. Poco a poco fue Cal perdiendo el aire de contrariedad y ensimismamiento, acabando por ponerse a tono con sus amables compañeras. Mary imaginaba que el enamorado muchacho estaba pasando por un proceso mental análogo al de una criatura que, habiéndose ya quemado, teme acercarse de nuevo al fuego, por más que éste le atraiga. Georgiana desplegaba toda su gracia y encanto. Y su víctima, aunque seducido por las atenciones de que era objeto, conservaba la suficiente dignidad para darle a Mary la certidumbre de que no era ningún tonto, a despecho de lo grande que pudiera ser la subyugación a que Georgiana lo tuviera sometido. En opinión de la maestra, su hermana se jactaba de dominar a Cal más de lo que era la realidad, y sintió instintivamente que Georgiana, se daba cuenta de lo que estaba ella pensando. Esto, al parecer, fue hiel y vinagre para la vanidosa señorita. La llegada de algunos de los Thurman puso término a la situación, que para Mary era tan divertida como embarazosa.
Más tarde, Cal, que notoriamente había estado aguardando una oportunidad, se acercó a la maestra, cuando ésta paseaba sola por el patio.