Código del oeste

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—¿Quiere que hablemos un momento a solas… donde nadie nos vea? —le rogó.

—Desde luego, Cal…; pero ¿no se pondrá celosa Georgiana?

—Por amor de Dios, no se burle. Usted es la única persona amiga que tengo, exceptuando Tuck, y a él no se lo puedo contar todo.

Mary, advirtiendo la agitación del muchacho, guardó silencio, y evitó mirarle. Caminaron juntos por el polvoriento camino, hasta alcanzar un recodo que circundaba parte de un otero, y tras éste pasaron a una cañada ancha, somera y cubierta de grava, que iba a desembocar en el valle. Se hallaron por fin en un lugar muy atractivo, especie de vereda sombreada, limpia y fragante, que conducía hasta las faldas de los cerros. Los nogales empezaban a colorear de amarillo, dándole un tinte dorado a la luz que atravesaba por entre su ramaje. Grandes juníperos veteados de blanco, con follaje verde, semejante al del pino, y purpúreas bayas, esparcían sus largas y rugosas ramas, mientras que las encinas añadían sus espesas marañas de vegetación al dosel de fresca verdura que cubría la senda. El crepúsculo vespertino se aproximaba, y sus dardos de oro penetraban a través de la fronda.

—Maestra, ¿está usted de mi parte? —preguntó al fin Cal.


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