Código del oeste
Código del oeste —Bien, pues si su decisión es firme, no desmaye. Ponga todo lo que pueda de su parte. A mi juicio, Georgie no se lo merece. Temo que fracasará usted lamentablemente. Pero, si ha de continuar en sus pretensiones, hágalo de todo corazón. Usted procede con seriedad, Cal, mientras que los otros no. No se avergüence de ello. Ni le dé importancia a lo que los demás digan o hagan. Ningún timorato ganó jamás la estimación de las bellas.
Cal escuchaba, meditabundo, con la cabeza baja y rompiendo distraídamente una varilla que tenía entre los dedos. Cuando Mary acabó de hablar, su interlocutor la miró, sonriente, y de sus oscuros ojos desapareció la expresión de pena que los había nublado antes.
—Mis ideas iban un poco por ese camino —dijo—. Hoy he persuadido a mi padre para que me ceda para mí, la casa de la Mesa de Rock Spring.
—¡Cal!… ¿de veras?
—Y tan de veras. Mañana, o quizás esta noche misma… si esos pazguatos me dan ocasión… se lo diré a Georgiana. Deseo saber qué contestará.
—¡Oh!, se reirá, desde luego, y le embromará de lo lindo. Pero yo no me preocuparía por eso.
—Maestra, en lo sucesivo no pienso preocuparme por nada, salvo por una cosa, a la que temo mucho.
—¿Y qué cosa es? —demandó la señorita Stockwell con renovada atención.