Código del oeste
Código del oeste La maestra, entre tanto, los observaba con mirada benévola, riéndose para sus adentros, y gradualmente cediendo a la tentación de algo que maquinaba en su cerebro. ¡Qué muchachos más simpáticos! Capaces serÃan de pasarse horas enteras disputando sobre una cosa tan sencilla, a menos que ella interviniera para solucionarla definitivamente.
—Vamos a ver, muchachos —les dijo—. Tengo un retrato que puedo enseñarles. Lo traeré en seguida… y después decidan de una vez quién desea realmente ir a recibir al original.
La proposición fue aceptada con instantánea unanimidad.
La señorita Stockwell corrió a su cuarto y, decidida a sacar partido de la ocasión que se le ofrecÃa, púsose a buscar la fotografÃa de una tÃa suya, famosa en la familia por su fealdad y por su rostro severo. RemordÃale un poco la conciencia por el uso que iba a hacer del retrato de la bondadosa parienta, a quien querÃa mucho, pero no desistió de su propósito. Armada con el trozo de cartulina regresó al corral, junto al grupo de obstinados discutidores.
—¡Ahà la tienen! —exclamó enseñándoles la fotografÃa.