Código del oeste
Código del oeste Tal réplica le dejó confuso. Como tantas otras de sus manifestaciones, no sabía cómo interpretarla; sin embargo, no pudo evitar el tomarla en sentido favorable. Georgiana tenía la habilidad de hacerle creer que él era el preferido, echando así un dulce bálsamo sobre sus crueles heridas. Pero ese bálsamo contenía muchas gotas amargas. Otros mozos del Tonto habían notado también esa peculiar modalidad de Georgiana, de hacerles suponer que nadie más le interesaba… De repente, Cal se volvió, para preguntarle:
—Georgie, ¿ha andado alguna vez por el campo, lejos del camino, como ahora, con los otros muchachos?
—No. Mary me ha impuesto una ley muy severa, prohibiéndome que salga con nadie, a excepción de usted. ¿No le halaga eso?
—¿Y se atrevería a desobedecerla? —inquirió Cal bruscamente.
—En eso, no. Me fastidia que me manden, Cal, pero sé dónde debo trazar la línea.
Cal no formuló otra pregunta que se le había ocurrido. Aquella muchacha era de lo más contradictorio y asombroso que pudiera imaginarse. En la actualidad parecía ser completamente buena para con Cal.