Código del oeste
Código del oeste Luego, el camino daba una brusca vuelta entre dos sicómoros, tan próximos el uno del otro, que quien transitara por allí a caballo tenía que proceder con rapidez y habilidad para defenderse las rodillas. Georgiana escurrió hacia atrás la rodilla izquierda, salvándola del peligro; pero habiéndose descuidado de la derecha, se la golpeó con fuerza. Cal oyó claramente el porrazo.
—¡Oh… maldición! —chilló Georgiana—. ¡Oh! ¡Me lastimé la rodilla!
Cal no necesitaba que se lo dijera, ni tenía que ver la repentina mutación de la cara, hasta ese momento alegre y satisfecha, pero por la cual empezaron a correr algunas lágrimas. El sonido del violento contacto contra el árbol había sido suficiente. Todo vaquero conocía ese sonido. Y como hubiera hecho cualquier otro vaquero, él también tuvo que reírse.
—Georgie, ya le advertía que tuviera cuidado con las rodillas cuando pasara entre árboles.
—¡Se está riendo! —exclamó ella, sorprendida—. Cal Thurman, algunas veces es usted un verdadero bruto. ¡Miren que reírse…! Le aseguro que me duele como… como el mismísimo demonio.
—Desde luego que ha de dolerle. No lo dudo —respondió Cal—. Y por eso precisamente me río. Además, me ha hecho mucha gracia el descubrir que es como los otros seres humanos.