Código del oeste

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Uno a uno fueron alejándose de la maestra, para volver a tomar sus anteriores posturas de preocupado abandono, y recurriendo la gran mayoría al imprescindible cigarrillo. Enoch observaba a su clan con manifiesto regocijo. Se habían metido en un compromiso, del que no sabían cómo salir.

—Bueno, supongo que a ninguno le faltan ahora ganas de arrear a esos añojos mañana —dijo con sarcasmo. Enoch conocía a su gente.

Los mozos habían, imprescindiblemente y como por obra de magia, adoptado aquella expresión fría y serena que tan frecuente era en ellos. La pulla de Enoch, aunque apenas velada, no los afectó en lo más mínimo, o, por lo menos, no lo demostraron en modo alguno.

—Enoch —aseveró Serge con mucha calma—, no te va a ser posible manejar esos añojos si no te ayudamos Boyd y yo.

Boyd asintió con un movimiento de cabeza, y, reluciéndole los ojos, añadió:

—Entiendo que el nuevo capataz de Bar XX no te tiene mejor voluntad que el anterior, Enoch. Y considerando lo que eso quiere decir, no será extraño que se enfurezca en cuanto se entere. Siempre anda buscando camorra. Y si no echas pronto a esas reses de nuestros terrenos, es capaz de jurar que se las hemos robado.

Enoch tomó esto en serio, como si realmente el muchacho tuviera razón, y repuso:


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