Código del oeste

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Cal se puso en marcha, convencido de que echaría a perder el día, despojándole de parte de su encanto, si continuaba discutiendo. Así, pues, invitándola a seguirle, trotó camino abajo. Al llegar a un punto donde la depresión del suelo formaba lo que los vaqueros llaman una «silla» tomó hacia la izquierda y escudriñó las cercanías, hasta que encontró una vereda bien definida, hecha por el ganado, la cual, después de trasponer unas alturas, se metía en el cañón más próximo. Se advertían huellas en todas direcciones, pero las pisadas más frescas eran las que coincidían con aquella vereda. Para los perspicaces ojos del muchacho, aquello era un seguro indicio de que las reses que pacían en el cañón de la izquierda iban a beber en el de la derecha. Eso era cuanto necesitaba saber por el momento. Prosiguió su camino, buscando por las laderas la presencia del pelaje blanco y rojizo de las reses de los Thurman. Había pocas de éstas, y muy distanciadas unas de otras. Después de recorrer algo más de una milla, cayó en la cuenta de que la escasez de animales significaba que el pasto no abundaba en esa estación por aquellos lugares invadidos por el mezcal. Los brotes de la saponaria habían sido tronchados por los animales, y de igual modo se veían comidos los matorrales, en sus partes más bajas. Cuando el ganado no hallaba hierba suficiente, ramoneaba donde podía, nutriéndose hasta con las hojas de las encinas.


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