Código del oeste

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En el minucioso examen del terreno, descendiendo lentamente por las cuestas, empleó el resto de las horas de la mañana, y algunas más. Con frecuencia tenía que dejar sola a Georgiana más tiempo del que hubiera querido, pero no por ello descuidaba el desempeño de la misión que le había sido encomendada.

—Créame, Cal: usted es la primera persona que me saca de paseo y me abandona a mi suerte de este modo —se lamentó la joven.

—Georgie, usted fue quien insistió en acompañarme —replicó él—. Ya le dije que venía a trabajar.

—¡Oh, no importa!… Sólo que me imaginaba que es taba loco por mí —dijo con indiferencia.

Cal se la quedó mirando, no incierto de cómo debía interpretarla, pero sí ignorante de qué sería lo que tendría que hacer. Como otras veces, su silencio produjo mejor efecto que las palabras.

—Era una broma, Cal. No me haga caso —continuó ella riendo alegremente—. A la verdad, me estoy divirtiendo en grande. Y hasta me gusta estar sola a ratos. Es una cosa nueva para mí. Quizá se me ocurra alguna idea razonable. Pero me muero de hambre.

—Aguardaremos un poco más. Vamos a llegar al «salto».


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