Código del oeste

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Hacia la Ceja, sin embargo, las dilatadas cuestas ostentaban una espléndida mescolanza de hermosos colores, tan brillantes y variados, que daba gloria mirarlos. Los amarillos riscos y la zigzagueante faja de rocas multicolores que caracterizaban la extensa e irregular mole de la Gran Mesa quedaban avasallados y deslucidos por la vívida coloración de las plantas que entre ellos introducían sus raíces. Los espesos pinares, de muchas leguas de extensión, que cubrían las faldas de la Ceja, eran invariablemente de un verde intenso hasta que alcanzaban el pie de la gigantesca montaña. Allí terminaban, exceptuados los hondos cañones y las negras barrancas que perforaban la inmensa peña. Los macizos de arces que crecían en los bordes de los cañones, seducían al espectador que los contemplara. Formaban un verdadero tumulto de color. El magenta, cereza y escarlata sanguíneo rivalizaban con el púrpura más exquisito por el predominio de la belleza. Algunos arces aislados, en todo el esplendor de su follaje, parecían más bien antorchas encendidas que árboles cubiertos de coloreadas hojas. Más allá, por las grandes laderas, donde las hendiduras de los cañones ennegrecían bajo los pinos y abetos, comenzaba el dorado fulgor de los álamos temblones. A la caída de la tarde, cuando la luz del sol poniente los bañaba con sus tenues rayos, semejaban ser de oro puro. Por sobre ellos descollaban los quebrados contrafuertes de la Ceja, coronados por orlas de pinares.


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