Código del oeste

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El viejo pionero asintió con un movimiento de cabeza e informó a los presentes de que Hatfield conocía de tiempo atrás el interés de Cal por Rock Spring, y que, a juicio suyo, no convenía permitir que los del Bar XX introdujeran una cuña en las tierras altas donde pastaba el ganado de los Thurman. Luego, en la acalorada discusión que se suscitó, salió a relucir el hecho de que había abundantes pruebas de que les estaban faltando reses. El cuatrerismo en gran escala era cosa del pasado; pero la pérdida de terneros sin marcar iba tomando tales proporciones, que no era ya posible atribuirla a meros errores, naturales entre ganaderos de aquella comarca tan extensa y salvaje. Alguien apartaba deliberadamente a los terneros, separándolos de las vacas antes de tiempo, y se los llevaba para ponerles su marca.

—Serge Thurman marcó varios terneros el mes pasado —manifestó el anciano ranchero—, y lo hizo de modo que nadie, sino él, lo conociera. Pues bien, le faltan dos, y los anda buscando.

—¡Hum! ¿Y de qué le servirá si averigua que los del Bar XX les han puesto su hierro? No se puede probar que nadie sepa distinguir nuestro ganado, sin marca, del de ellos —arguyó Wess.

—Bueno, admito que no —confesó Henry.

—De seguro, esto va a traer mayor resentimiento entre Enoch y Bloom. Y opino que ya andamos bastante mal, ahora mismo, con esa gentuza.


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