Código del oeste

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—Eh, tú, ¿no estás arriesgando tus caballos con demasiada libertad? —le increpó Wess sarcásticamente—. Hace poco apostaste tu mejor potro a que zurrarías a Tim en el término de un año. Y mira, Cal, el tiempo vuela. Después, le has dado el pinto a la señorita Georgie…, lo cual no es difícil de calcular que había sido porque también estás jugando ahí, para perder, de fijo. Y ahora tienes agallas para comprometer la última bestia buena —que te queda. No me gusta abusar de los infelices, Cal: pero, en vista de tu escasa inteligencia y de tu extraordinario atrevimiento, acepto.

Cal miró a su primo con manifiesto disfavor, respondiéndole, con altanería:

—Oye, Wess, ya que eres tan listo, ¿qué apuestas a que gano en los tres casos?

—¿Qué apuestas tú? —replicó Wess descargando enérgicamente su ancha mano sobre una rodilla.

Cal comenzó con gran pachorra a enumerar: los dos últimos caballos que le quedaban, el Winchester, el lazo, las espuelas de plata (que Wess siempre había codiciado), e iba a añadir a la lista cincuenta dólares, cuando le interrumpió su padre, diciendo:

—Cal, voy creyendo que debe de haber algo de verdad en la insinuación de Wess respecto a que estás loco de remate. Déjate de más apuestas. Para tu homestead de Rock Spring vas a necesitar esos caballos y todo lo demás que posees.


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