Código del oeste

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Siguiendo la indicación, Mary se encaró con el nombrado Arizona. Si tenía otro nombre, jamás lo había oído ella. Era el único de poca estatura en el grupo: un vaquero de faz rubicunda, ojos guiñados y que gozaba reputación de humorista, aunque lo desmentía su apariencia.

—¡Oh!, señorita Stockwell, siento en el alma no poder complacerla —aseguró este apremiante sujeto en tono pesaroso—, pues el viejo Henry me ha dado orden terminante de que corte el sorgo antes de que llueva.

—Vaya, vaya… —intervino Wess—. No ha llovido desde hace un mes, y la sequía seguirá lo menos hasta octubre.

—¡Quiá! Va a llover, de seguro, pasado mañana, a más tardar. Fíjense en esas nubecillas que vienen del Sudoeste. Es señal de tormenta que nunca falla. Con podría ir mejor que yo.

Con Casey, el camarada recién aludido por Arizona, era nuevo en el rancho: irlandés, con pocos años de residencia en América y muy escaso contacto con el Oeste. Era muy serio, y tan simple de entendimiento, que resultaba una fuente inagotable de diversión para sus compañeros. Éstos lo estimaban por sus buenas cualidades, aunque constantemente le hacían el blanco de innumerables bromas y travesuras.


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