Código del oeste

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Cuando la maestra le dirigió la palabra, el pobre Con se quedó como quien ve visiones. Se le disipó el color rojo natural de su solemne y pecoso semblante y se le dilataron enormemente los azules ojos. Su terror era tan visible como sincero.

—¡Dios mío! —profirió, con voz profunda y marcado acento irlandés—. Señorita Stockwell, le juro que nunca he estado a solas con una mujer.

Los muchachos acogieron esta salida con risotadas e inocentes comentarios, pero no había duda de que lo creían.

Mary afectaba una gran ansiedad, que en modo alguno se hallaba en estricta armonía con su verdadero estado de ánimo. Gozaba interiormente con la situación, presumía que el desenlace iba a ser tal como esperaba. ¡Qué chasco se iban a llevar todos cuando apareciera en escena la linda y traviesa Georgiana!

Tim Matthews, otro vaquero, sumó sus ridículas excusas a las que habían expuesto sus predecesores, para eludir (el encuentro con la hermana de la maestra; y el último exceptuando a Cal Thurman) declaró, con la mayor impasibilidad, que se sentía tan indispuesto, que tendría que hacer venir al médico para que lo atendiera…


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