Código del oeste
Código del oeste —Y pensándolo bien, tampoco creo que hayas ganado muchos premios como jinete… ni como enlazador… ni como conquistador de muchachas lindas… y ni siquiera como peleador —añadió Cal zumbonamente.
Todos los presentes soltaron una ruidosa carcajada, excepto Tim, quien se mostraba tan sorprendido como enojado.
—Cal, si tuvieras más sentido común, juzgarÃas mejor respecto a eso último —replicó con marcada intención. Sin embargo, parecÃa dudoso acerca de la nueva modalidad con que se le presentaba Cal, e indeciso de cómo tomarlo.
—Tim, nunca me ha impresionado gran cosa tu manera de pelear —continuó Cal, locuaz y fisgador—. No pegas fuerte. Tu juego de piernas es lamentable. No eres capaz de encajar el castigo.
—Pero, con todo, te he zurrado cuatro veces… cuatro naces, mi vanidoso Romeo… y lo he hecho sin mayor esfuerzo —gritó Tim poniéndose terriblemente rojo.
—¡Bah! Eso crees tú… que me has zurrado…; pero es pura fantasÃa, Tim —observó Cal—. Aguarda hasta después de comer.
Tim no salÃa de su asombro, y, volviéndose hacia sus camaradas, refunfuñó:
—Oigan, compañeros, ¿qué demonios se trae éste? ¿A qué me viene con lo del juego de edemas y todo lo demás?