Código del oeste

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Cal marchaba junto a Tuck, animándole. El larguirucho novicio fue reuniendo las gavillas preparadas, y pronto se hizo evidente que se hubiera ahorrado mucho trabajo si las gavillas fueran menos en número y más grandes. Porque cuando tuvo ya entre los brazos un gran montón, se le dificultaba el acrecentar el conjunto. Se veía precisado a tantear con el pie, descargar lo recogido sobre la nueva gavilla y abarcarlo luego todo. Llegó a convertirse en un ambulante rimero de sorgo, cuya vista divertía inmensamente a los circunstantes. La embadurnada cara de Wess comenzó a dar muestras de asombro.

—¡Pues sí que me gana, el muy pillastre! —exclamó, por último, admirado de veras.

Pero Tuck Merry seguía amontonando sobre su cuerpo gavillas y más gavillas, hasta reunir la formidable cantidad de ellas que había preparado. Concluida la operación, se le oyó decir con voz ahogada por la carga:

—Todavía… puedo… con más.

—No es necesario —le contestó Henry—. Con eso le basta y le sobra.

—Bueno, vamos a ver —añadió Enoch echando la cuerda sobre la pila de sorgo y agachándose para recoger del suelo uno de los extremos de aquélla. Tomada cuidadosamente la medida, exclamó, haciendo una mueca:

—¡Canastos! ¡Ha vencido a Wess por un pie de ventaja!


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