Código del oeste

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—¡Oh, no tanto! —protestó el vencido—. Me declaro derrotado, pero no en tan mala forma.

—Aquí está la cuerda, Wess. Mide tú mismo —repuso Enoch.

—Nop. Acepto tu fallo. Suelte, Merry…, y vengan esos cinco.

Tuck dejó caer la crujiente hacina de sorgo, o, más bien, emergió de debajo de ella, todo cubierto de polvo y con la facha más ridícula del mundo. Wess le salió a] encuentro para estrecharle la tendida diestra con franca efusión y sincero respeto.

—Esta vez gana usted. Quedamos parejos —le dijo—. Ahora vamos a medirnos los brazos. Tengo curiosidad por averiguar cómo ha podido hacer lo que nadie ha hecho antes.

Los dos talludos segadores se colocaron frente a frente, con el brazo derecho extendido, uno al lado del otro, y todos pudieron notar que el de Merry era seis pulgadas más largo que el de Wess.

—Bien, eso explica la cosa —concluyó Enoch—. Todas las apuestas quedan anuladas, muchachos. Está bien claro que ha habido empate… Y ahora, volvamos al trabajo.

Cuando terminaron de segar, ese día, quedaba cortado un tercio del gran campo de sorgo, resultado que Henry Thurman veía con sencilla complacencia.


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