Código del oeste
Código del oeste —Yo no tengo muchacha que llevar —observó Arizona con satisfacción—; pero no perderÃa este baile ni por un millón de dólares.
—Son ustedes unos diablos —dijo la señorita Stockwell.
—Bueno, maestra —replicó Arizona brillándole los ojos maliciosamente—, por ahà anda uno que se está derritiendo por usted.
—¡Ah!, ¿de veras? —respondió Mary, un tanto sorprendida y confusa. Sintió que se le enrojecÃan las mejillas y se dio vuelta con cierto apresuramiento, alejándose luego por el patio adelante. Cuando llegó hasta la valla, cayó en la cuenta de que el pulso le latÃa más que de ordinario.
—¡Qué muchachos!, —monologó—. ¡Son traviesos como ellos solos! Sin embargo, me resultan muy simpáticos.