Código del oeste
Código del oeste Aquella magnífica puesta de sol retuvo durante un buen rato la atención de Mary. Octubre había traído más vívidos colores para las colinas y más bellos efectos de celajes en el firmamento. Un penumbroso velo purpúreo pendía entre las redondeadas cumbres de los cerros, y sobre éstos, en el espacio, la dorada luz del sol poniente iluminaba los multiformes grupos de nubes. Las anochecidas, aquí, le parecían diferentes de las que recordaba haber visto en otros lugares. Una gran riqueza de color y de luz cubría por entero la región del Tonto. Pero eso no constituía todo el hechizo del crepúsculo. Mary no podía apoderarse de toda la magnitud del espectáculo. Muchos y diversos elementos entraban en la dulzura y el agrado de sus sensaciones en aquellos instantes. El ambiente era fresco y la brisa estaba impregnada del aromático aliento de la floresta. Siempre las circundantes colinas, cubiertas de matorrales y de pinos, proyectaban el influjo de su presencia en cada sensación. Era la tierra de Arizona completamente diferente de toda otra. La joven le había tomado gran cariño. Y la Hoya del Tonto era lo más quebrado y agreste de todo el territorio de Arizona. La reflexiva maestra trataba de darles forma concreta a sus impresiones, empeñándose en desentrañar su íntimo significado. Vastos espacios de país inculto; inmensas moles; profundas fisuras; los ásperos contornos de las prominencias de la «mesa», introduciendo sus agudos picos entre las masas de nubes; las desnudas serranías, grises en algunas partes, herbosas en otras; las colinas de suave verdor; las grandes laderas, pobladas de espesos pinares; los tortuosos cañones, con sus presurosas corrientes; los macizos de roca roja, salpicados de riscos amarillos que se destacaban contra el follaje de los abetos; pájaros silvestres y animales montaraces por doquier, vistos camino de la escuela y al regreso; los cortes hechos en las selvas, donde aquella gente audaz y emprendedora había construido sus ranchos; y, finalmente, 15s fornidos, vigorosos mocetones, sencillos y bondadosos, aunque rudos y tan toscos como la selvatiquez en que se habían desarrollado…, todo, en la cogitación de Mary Stockwell, no bastaba para explicar satisfactoriamente la plenitud de su gozo emocional.