Código del oeste
Código del oeste Aquella noche, Georgiana estaba en uno de sus momentos peligrosos. A juzgar por la expresión de la cara de Cal durante la cena, éste y la muchacha habían reñido por algo. Como resultado, Georgiana anduvo desesperadamente remolona para vestirse, demorando la salida de los demás, que iban a ir al baile en el automóvil de Enoch. A Mary le hacía gracia la impaciencia de los muchachos por partir en seguida, pero no dejaba de preocuparle algo la conducta de su hermana. Ésta daba visibles muestras de no estar para bromas. Debía de sentirse ofendida por alguna causa o se había cansado de obrar con disimulo, o, acaso, comenzaba a cambiar de modo de ser, haciéndose aún peor que antes. Mary temía esto último.
Por fin salió Georgiana de su pequeña habitación, esplendorosa y escasamente ataviada, con más polvos y más pintura en la cara de lo que Mary le había visto hasta entonces. A no ser por aquella falsa acentuación de color, hubiera estado muy bonita. Los ojos, sin embargo, no necesitaban impostura alguna: los tenía oscuros, centelleantes, llenos del demonio.
—Bien, querida, si te has propuesto llamar la atención en el baile, vas a salirte con la tuya —le dijo Mary reposadamente—. Pero mucho me temo que el resultado no sea el que esperas.
—¡Música! —exclamó Georgiana—. Todos los hombres son iguales… tanto en Nueva York como en el interior de África… o en la Hoya del Tonto.