Código del oeste
Código del oeste —Eso tengo que decÃrselo a Cal —respondió el boxeador con una amplia sonrisa—. Señorita Mary, le prometo quitarme del camino de Enoch todo lo que pueda. Porque sé que a usted le desagradarÃa que él me pegara. Pero no voy a salir huyendo…, y si por casualidad fuera yo quien le estropeara a él la hermosa fachada, no me lo reproche después.
—Tuck, yo digo de usted lo mismo que dijo Enoch refiriéndose a Cal.
—¿Y qué fue? —inquirió Tuck afablemente.
—Que no me fÃo de usted… en cierto modo. Quizá lo pueda «pescar», como dice Georgiana, si me confiesa cómo se desolló los nudillos.
—Pues allá voy. Es bien sencillo. Apenas hice acto de presencia en esta escena rural, cuando me rodearon tres admiradores de mi chica. El primero de ellos dije: «Le voy a dar una zurra…». El segundo añadió: «Señor Merry, tendrá usted que vérselas conmigo también…». Y el tercero, por no ser menos, manifestó: «Me parece que no veo claro. Por lo tanto, venga para acá».
—¡Bueno! —exclamó Mary—. ¡Me quedo igual que antes! Eso no es decirme lo que ocurrió.