Código del oeste

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Pero Enoch suponía mal, porque no contaba con el creciente ardor con que todos se entregaban a aquella clase de baile. Mary era solicitadísima. En seguida se la quitaron, y cada vez que lograba recuperarla, volvía a perderla antes de que tuviera tiempo de dar un paso. Finalmente, se retiró, enfadado. Mary pasó un rato desastroso. Aquello era un continuo trotar al compás de la música, y los vaqueros, excitados por el desafío de las muchachas (que se proponían rendirlos), se mostraban extraordinariamente alegres, persistentes e incansables en absoluto. La joven bailó hasta sentirse mareada y con los pies muertos. Sin embargo, el entusiasmo y la broma eran contagiosos.

—¡Oh… menos mal… que mañana no tengo que venir a pie a la escuela! —le dijo, casi sin resuello, al último de sus compañeros, cuando, por fin, cesó la música.

—Mañana estará todavía aquí, de seguro —respondió el mozo—. Este baile no terminará hasta la hora del desayuno. Todos sus discípulos se hallan presentes y la mayoría duermen a pierna suelta.




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