Código del oeste
Código del oeste A partir de este instante, Mary se convirtió en espectadora. El baile siguió en todo su apogeo: el viejo Henry tocando sin parar y los danzantes haciendo alarde de frenética actividad e inagotable resistencia. No obstante, gradualmente fueron retirándose los casados, dejando el campo libre a la gente joven. Durante toda la noche había escuchado Mary, de cuando en cuando, el monótono sonsonete de la voz del anciano violinista, que canturreaba algo, que ella no alcanzaba a distinguir. Ahora, con mejor ocasión, presté oído, interesada y divertida.
Cínchenlas bien fuerte
y háganlas bailar,
que la noche es corta
y hay que aprovechar…
Tarará, tararé.
Tararé, tarará.
Cada pocos minutos lanzaba Henry sus improvisaciones. Indudablemente, la concurrencia las esperaba con interés y las recibía con aplauso.
Estoy viendo a Serge furioso
contra Lee y su compañera,
porque están haciendo el oso…
¡Y el otro se desespera!
Esto provocó grandes clamores de aprobación, que animaron a Henry a proseguir:
Edd parece estar en rabia