Código del oeste
Código del oeste A aquella hora (cerca de las tres de la madrugada) la animación y el bullicio alcanzaban su grado máximo. Se bailaba casi continuamente. Henry Thurman acumulaba fuerzas y entusiasmo a medida que transcurrÃan las horas. Los muchachos se turnaban en la faena de golpear con las varillas sobre el astil del instrumento. Manifiestamente, este rÃtmico golpeteo era un importante aditamento de la música. Sin embargo, la risa y las manifestaciones de regocijo disminuÃan en proporción al acrecentado fervor de los danzantes. Aquello se habÃa convertido en un verdadero concurso de resistencia entre el elemento masculino y femenino. Los vaqueros —que ese mismo dÃa habÃan terminado las rudas faenas del rodeo de otoño, el trabajo más difÃcil y fatigoso de todo el año— rehusaban dejarse vencer por las animosas muchachas. AsÃ, pues, la competencia empeñada llevaba camino de concluir sin vencedores ni vencidos, pero con el agotamiento fÃsico de ambas partes contendientes.
Mary, recordando los enojosos temores que la habÃan inquietado al comienzo de la fiesta, le dijo a Enoch que, al parecer, habÃa ella exagerado las posibilidades de que ocurriera algo desagradable.
—Bueno, todavÃa estamos a poco más de la mitad de la noche —repuso él enigmáticamente.
—¿Qué quieres decir?