Código del oeste
Código del oeste —Parientes y amigos —comenzó a decir con su marcado acento local arrastrando los sonidos—, antes de que continúe este baile quiero hacer una observación en pocas palabras… En esta escuela hemos pasado más de un buen rato y hemos dado muchos bailes. Han sido casi las únicas diversiones en que hemos participado la gente del Tonto… Bueno, admito que estos bailes no han tenido mucho de que hacer gala, pero siempre han sido decentes y van a continuar siéndolo. Deseo manifestar, de modo concluyente, que ningún extraño puede venir acá para convertir nuestro sencillo esparcimiento en manifestaciones de indecencia… Eso es todo. Y lo digo como caballero, con la debida tolerancia por la insensatez de algunos jóvenes que no se dan cabal cuenta de su incorrección. Pero no serán meras palabras las que se usen en adelante.
Un completo silencio acogió el breve discurso de Gard Thurman, quien permaneció un momento más en su improvisada tribuna, ostentando su vigorosa figura, amenazadora, aunque benévola y amigable con la vista fija en los causantes del molesto incidente. Después bajó de su pedestal, y su hermano Henry reanudó valientemente su tarea, como si tratara de recuperar el tiempo perdido y hacer olvidar el embarazo de la situación.