Código del oeste

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La vista que desde allí se gozaba era soberbia. El lugar era tan alto que podía distinguir perfectamente el rancho de su tío Gard (una mancha gris en medio de los oscuros campos circundantes), la hacienda de su padre (Green Valley, allá abajo, entre colinas), el rancho del Llano del Oso y el campo de sorgo de Boyd, todos los cuales aparecían como perdidos entre la maraña de salvajes accidentes del terreno, que iba a desembocar en la purpúrea vastedad de la Hoya. Al fondo, en la remota lejanía, estaba la gigantesca cadena de montañas. Por la parte de atrás, y muy arriba, asomaba la hermosa Ceja, zigzagueante faja de riscos dorados, orlada de pinos, que se extendía hacia el Este y Oeste, hasta perderse de vista. El gran cañón, negro y quebrado, entre la Punta del Promontorio y la Ceja, yacía, abierto y patente, a la derecha del observador, enmarañada mescolanza de árboles y peñas, donde las bestias salvajes encontraban siempre seguro refugio. Quedaba a una distancia de dos horas de marcha, sobre una senda recorrida por los Thurman desde tiempo inmemorial; pero ahora, a la clara luz del invierno, parecía estar muy cerca. Como lugar de paso y de caza, donde pasar largas horas de soledad, a Cal le gustaba aquel sitio más que ningún otro.




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