Código del oeste

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Un sábado a mediodía, cerca ya del día de Navidad, el viejo Henry, enjugándose el sudor que le bañaba la arrugada frente, exclamó, dirigiéndose a los pocos auxiliares que había conservado a su lado para terminar la obra:

—¡Por fin! ¡Ya está lista, muchachos! ¡Y en verdad que es un primor!

No existía en todo el Tonto otra cabaña doble que pudiera compararse con aquélla. El amplio alero protegía el ancho porche del frente. Había una escalera para subir al desván, situado en la parte alta del edificio que separaba las dos habitaciones, lugar más que suficiente para utilizarlo como depósito o dormitorio. Un gran hogar abierto, construido enteramente de piedra en la parte oeste del edificio, constituía el orgullo de Henry. Era capaz de contener tanto fuego como pudiera ambicionar la persona más exigente. Muebles de confección casera, toscos, pero sólidos y cómodos, tales como sillas, mesas, camas y armarios adornaban ambas estancias.

—Muchacho, tu homestead está concluido —le dijo Henry a Cal—. Vente a Green Valley a pasar la Nochebuena. Después te traerás tus cosas, sin olvidar un buen fogón para la cocina y abundantes vituallas. Me propongo darte algunos caballos y un poco de ganado… y, bueno, me parece que es todo lo que actualmente puedo hacer por ti.


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