Código del oeste

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—Cal, en cuanto tengas mujer, vendremos a cada momento a invadir tu nuevo domicilio —manifestó Edd. (En cierto modo, la idea de «cabaña» y homestead no era completa si faltaba la mujer).

Serge preparó ese día una comida magnífica, tanto con el propósito de celebrar el acontecimiento, como para que no quedaran provisiones sobrantes, que hubiera que llevarse al regreso. Naturalmente, la ocasión era propicia para las bromas y los chistes, y Cal recibió con indecible satisfacción la llegada de Tuck Merry. Venía éste en un caballo algo chico, y sus largas piernas, balanceándose grotescamente (pues no usaba los estribos), excitaron la hilaridad general. Todos los presentes dejaron de embromar a Cal, concentrando su atención en el recién llegado visitante. Tuck había conquistado la buena voluntad de todos: todos le querían bien, hasta Enoch, quien aún no había conseguido descifrar cierto misterio que le tenía intrigado.

—¡Vaya una mansión espléndida! —declaró Tuck contemplando con mirada afirmativa la flamante cabaña—. Compadre, no olvides que he aserrado buena parte de la madera que hay ahí, y que lo hice con el mayor gusto.

—Tuck, córrete para acá y acompáñanos —gritó Serge dirigiéndose al jinete, quien aún no había desmontado—. Hay para todos, y en abundancia.


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