Código del oeste

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—¡Oh! Dile que ponga los pies en el suelo y deje que el pobre penco se libre del peso que tiene encima —añadió humorísticamente Enoch.

Continuaron comiendo, charlando y bromeando durante un largo rato, hasta que ya no hubo excusa posible para prolongar la cosa por más tiempo. Además, todos los manjares habían desaparecido. Enoch había lanzado contra Tuck innumerables chistes y observaciones satíricas, pero aparentemente cayeron en oídos sordos. El jefe del clan Thurman no lograba despertar la ira del cachazudo Tuck Merry. Finalmente, endosóse aquél sus peludos zahones y su zamarra forrada de piel de carnero, y le dio voces a uno de los chicos para que le trajera el caballo.

—Me voy a casa y doy por terminada la tarea del día —dijo disponiéndose a partir—. Cal, ¿irás hoy por allá?

—Seguro, a la noche. Por el momento, quiero estarme un poco aquí para conversar un rato con Tuck —contestó el muchacho.

—¡Ajú! De fijo que tu zanquilargo compinche tendrá muchos temas de conversación —replicó Enoch con se quedad, pues siempre se mostraba un tanto celoso de los amigos de Cal.


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