Código del oeste

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Ahora bien, daba la casualidad de que la nariz era el punto más sensible de Enoch, tanto respecto a la vanidad personal, como en lo tocante a ser un órgano fácilmente lastimable. En una ocasión estuvo un día entero furioso porque se la había golpeado contra una rama.

—¡Fea! —protestó Enoch—. ¡Vamos, hombre! ¡Cómo si pudiera usted enorgullecerse de su hermosura, ni en la nariz, ni en ninguna otra parte del cuerpo!

—Enoch, comparado con usted, yo soy un hombre hermoso —aseguró Tuck con la mayor tranquilidad del mundo—; pero, si no fuera por la nariz, acaso podríamos considerarnos igualmente aceptables.

—¡Válgame Dios! —profirió Enoch comenzando a atufarse. No esperaba semejante salida—. ¿Oyen lo que dice…? Me parece…, pero, vamos a ver: ¿cuál es la otra razón por la cual mi nariz es tan fascinadora?

—Porque es verdaderamente ideal para aplastarla de un buen jab[5] —repuso Tuck, sonriendo con toda la boca.

Cal se hubiera revolcado en el suelo, de puro júbilo; mas se contuvo, deseoso de no perder el menor detalle del incidente. Los otros escuchaban con la boca abierta, asombrados, mientras que la cara del anciano Henry era digna de estudio.

—¿De un jab? —inquirió Enoch, incrédulo—. ¿Quiere decir de un puñetazo?


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