Código del oeste

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—¡Bueno! Me quitaré un gran peso de encima —repuso Tuck, seriamente—. Su fiancée[6], la señorita Mary, me ha rogado que no le moleste a usted por ningún concepto; que no le fastidie, y ni siquiera que le replique. Ella teme que yo le pueda enojar a usted. Dice que, como usted es tan corpulento y fuerte, me podría lastimar de un modo horrible. Que me apabullaría en muy mala forma; y ella lamentaría verme lisiado para el resto de mi vida. Así, pues, he tenido que prometerle que no le ofendería a usted jamás. Y me ha costado bastante trabajo el cumplir la promesa, Enoch.

Cal no pudo disimular más y estalló en ruidosas carcajadas. Los otros muchachos chillaban. El viejo Henry, sin hacerse aún del todo cargo de la situación, sonreía socarronamente. Enoch era el único que no veía el chiste. Estuvo callado un momento, incapaz de decidir si Tuck se burlaba de él o si decía la verdad, o ambas cosas al mismo tiempo. Por fin gruñó:

—Bien; supongo que Mary está en lo cierto. Si se presenta la ocasión, le daré a usted una paliza de las que hacen época.

Tuck avanzó hacia Enoch con la gravedad de un oficiante ante el altar, y dijo:

—Enoch, le tengo por un excelente sujeto, pero todo tiene su término, y aunque me duela hacerlo, quiero ofrecerle ahora mismo esa ocasión que ha dicho.


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