Código del oeste
Código del oeste —Oye, ¿quién demonios eres tú, vamos a ver? —le interrogó Serge.
—¿Quieres algo conmigo? —demandó Tuck—. Precisamente estoy de humor para complacerte.
—Bueno, en verdad no quiero nada…, ya que me lo preguntas —replicó Serge rascándose la cabeza.
Todos se arrodillaron junto a Enoch, y algunos le rociaron la cara con agua. La nariz se le iba hinchando rápidamente, pero no sangraba demasiado. A poco, empezó a reanimarse. Abrió los ojos, parpadeó, miró en torno, y luego, buscando donde apoyarse, se fue sentando poco a poco. Cal se alejó del grupo, y Tuck también se apartó a alguna distancia. Enoch parecÃa estar bastante aturdido. Fue mirándolos a todos, uno por uno. Sacudió la cabeza y se palpó la mandÃbula. Después, cuando puso la diestra en contacto con la nariz, pareció darse cuenta de la realidad.
—¡Ajú!… ¡Me ha batido! —dijo con acento harto extraño.
—Bueno, cualquiera dirÃa que sà —murmuró el viejo Henry.
—¡Ha sido algo terrible! —prosiguió Enoch.
—Oye: si pudieras verte el hocico, no te quedarÃa la menor duda —declaró Serge.
—¡Y con qué rapidez! —añadió Enoch.