Código del oeste

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XII

Henry y sus ayudantes cargaron en las acémilas las herramientas y demás efectos utilizados durante la construcción, y se marcharon, dejando a Cal en compañía de su amigo.

Tuck se empeñó en verlo todo, y su interés era tan sincero como estimulante. Recorrieron la cabaña entera, sin perdonar nada; subieron al desván, y más tarde pasaron a inspeccionar el campo, donde aún ardían los tocones de los árboles talados. Tuck bebió agua de la fuente, y no se cansaba de prodigar elogios.

—¿Queda algo más por ver? —preguntó finalmente.

—Creo que ya lo has revisado todo, excepto mi observatorio —contestó Cal—. Está tan alto como la estación para la vigilancia de los incendios en el Diamante. —Condúceme allá— solicitó Tuck con entusiasmo.

Inmediatamente le guió Cal a través del campo de suelo rojo, pasando después por entre la parte cubierta de árboles, hasta alcanzar el Promontorio. El día era excesivamente bello y claro.

—No es frecuente el conseguir ver desde aquí la sierra Ancas durante el invierno —dijo Cal señalando la cordillera más distante, hacia el sur.


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