Código del oeste
Código del oeste Tuck contemplaba el paisaje, pasando la vista desde lo que tenÃa más lejos a lo que estaba más cerca, y luego a la inversa, acabando por examinar minuciosamente todo el contorno. ¡Qué agradable era observar su franco entusiasmo! Cal empezó a sentir que le volvÃa parte de su antiguo alborozo. Al fin y al cabo, allà tenÃa que vivir y labrarse su futuro destino. Acaso con el tiempo…
—Compadre, para un hombre de la ciudad, esto es superior a cuanto puede expresarse con palabras. ¡Es soberbio! Aquà no te molestará el olor de la gasolina, el estrépito de los trenes elevados, las visitas de los ladrones, ni la inoportunidad de los cobradores de cuentas…, ¡nada, en fin! Para hacerlo perfecto, lo único que te falta es…
—¿Qué?, —quiso saber Cal al notar que su amigo vacilaba.
—Georgiana Stockwell —repuso Tuck deliberadamente.
Al escuchar este nombre, Cal se dejó caer sobre la piedra plana que habÃa junto al enebro. La respuesta del boxeador le produjo el efecto de un golpe recibido en un momento de descuido. Una ola de emoción casi sofocó al muchacho, quien, con la cabeza bajo, murmuró:
—Tuck, estás pegando por debajo del cinturón.