Código del oeste
Código del oeste —¡Jamás en la vida! —exclamó el otro echando su largo brazo derecho por encima de los hombros de Cal—. He venido hoy aquà a propósito para decirte eso, y esperaba verte acongojado. Pero no lo tomes tan a pecho, chico.
—Tuck, has dicho… que para que mi homestead sea perfecto necesito a Georgiana Stockwell. Es verdad. SÃ. Asà tendrÃa que ser. Pues sin ella, esto carecerá de todo interés para mÃ. No será nada.
—Bien que lo advierto, Cal —aseguró Tuck, pensativo—. Se te conoce en la cara. Has perdido peso. Tal vez has trabajado en exceso.
—SÃ; no ha faltado trabajo. El cavar tierra y levantar troncos pronto agota a cualquier vaquero; pero, además, me agobian las preocupaciones…, no duermo… y, en resumen, Tuck, ando muy mal.
—Lo siento, chico. Lo lamento con toda el alma. Pero hay que reaccionar. Tienes que sobreponerte a todo.
—TodavÃa no estoy ahora tan decaÃdo como dÃas atrás. He tomado una resolución, y en cierto modo, me sirve de alivio.
—¿Qué has resuelto, Cal?
—En sustancia, más o menos, algo por el estilo de lo que me has dicho… Tengo que tener a Georgie. Los Thurman somos asÃ. ¡ImagÃnate! Con el mundo lleno de mujeres bonitas… y una sola es la que nos satisface.