Código del oeste
Código del oeste —Es cosa fuerte —contestó Tuck con seriedad—. Especialmente si se tiene en cuenta que eres un Thurman que no hace nada por conquistar a la mujer que necesita.
—¿Que no hago nada? Vamos, Tuck, tú estás loco —declaró Cal—. ¡Si me he arrastrado de rodillas!
—Seguro. Pero, compadre, no lo has hecho en el momento oportuno, ni con la debida insistencia. Y eres demasiado orgulloso. Esperabas que Georgie cediera, porque era lo que procedÃa. Chico, no conoces a las mujeres. ¡Ceder esa chiquilla! ¡Jamás en el ancho mundo! ¡Pero se la puede amedrentar para que haga cualquier cosa!
—¡Amedrentar a Georgie! —repitió Cal como un eco.
—Imposible. No hay quien lo consiga. Tiene más fibra que ninguna otra mujer de cuantas he conocido. Además, ¿de qué servirÃa el amedrentarla?
—En seguida nos ocuparemos de eso. Primero quiero esclarecer este punto. No te he visto por espacio de varias semanas, y durante ese tiempo supuse que te habrÃas repuesto y, sin dejarte contar hasta diez, estarÃas de nuevo en el ring, listo para seguir la pelea. Pero no ha sido asÃ. Has abandonado la lucha. Y voy temiendo que estás peor de lo que imaginaba. Seamos francos, compadre. Nunca sabrás lo buen amigo que fuiste conmigo cuando andaba yo por los suelos, más pobre que una rata y sin un alma con quien poder contar.