Código del oeste
Código del oeste —Y después…, cuando la traiga para acá…, ¿qué le digo? —preguntó el muchacho con voz débil. El corazón le latÃa con tal violencia que parecÃa querer salÃrsele del pecho.
—Déjame pensar —respondió reflexivamente aquel árbitro de la sabidurÃa matrimonial—. Yo, en tu lugar, terminarÃa con una escena despampanante. La conducirÃa en brazos hasta el interior de la casa, la pondrÃa en el suelo sin mucha dulzura, y dirÃa, en voz alta e imperiosa: «Vamos a ver, señora Cal Thurman: quiero la cena. Y no estoy de humor de cantar ni silbar para que se me complazca; pero quiero cenar, ¡y pronto…!». En seguida te das vuelta, sales fuera y la dejas sola, para que se reponga.
Cal sacudió la cabeza tristemente, ante lo que consideraba una aberración mental de su amigo. No obstante, la insidiosa voz de la tentación era irresistible. ¡Aquélla era su única y postrera esperanza! Aunque temÃa que fracasará, en último evento. Si lograba obligar a Georgiana a casarse con él, no habÃa la menor posibilidad de mantenerla después prisionera en su propio hogar.