Código del oeste

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Cal les dio a todos una pequeña sorpresa. El día que estuvo en Ryson, con la excitación del comprar y animado por la perspectiva de posibles eventos, adquirió regalos para todo el mundo. Lo mejor que encerraban los establecimientos del pueblo no era demasiado bueno para el entusiasmado comprador. Éste había ahorrado su salario por espacio de muchos años. Aquellas Navidades iban a señalar el acontecimiento más trascendental de su vida (para bien o para mal), y tenía empeño en celebrarlas. El asombro y el gozo de sus parientes y camaradas eran, por demás, halagadores. El anciano padre se rascaba la encanecida cabeza, mirando, dubitativamente, del presente que tenía sobre las rodillas al rostro del muchacho, y diciendo:

—Hijo, ¿es así como vas a fomentar tu homestead?

—¡! Quizá la Navidad del año próximo no me encuentre en condiciones de hacer otro tanto —repuso Cal en tono de misterio.

Enoch jugaba con el revólver que desde hacía tiempo había visto en Ryson, y el cual codiciaba, sin animarse nunca a adquirirlo a causa del precio. Y dijo, a su vez:

—Bien, Cal, eres un condenado bondadoso.

Tim Matthews recibió un magnífico sombrero de castor, que le fue puesto de improviso entre las manos, acompañado con las palabras:


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