Código del oeste
Código del oeste Al fin, quedaba sólo un regalo por entregar: el dedicado a Georgiana. Cal no había dejado de fijarse en la curiosidad de aquélla, aunque la joven ocupaba uno de los últimos asientos y no había participado en los chistes y bromas. El momento era, para él, de verdadera ansiedad. ¡Supongamos que lo rechaza…! Pero no sería posible que le ofendiera con semejante desaire, en una fecha como la presente. Mary, al recibir su obsequio, había abierto los labios para reprocharle al dador su excesiva generosidad, pero se contuvo al ver en qué consistía la dádiva, y se mostró encantada de la fineza. Cal, a pesar de su juventud e inexperiencia, no carecía de tacto. Podía confiar con seguridad en la naturaleza humana, aun tratándose de una persona tan voluntariosa y extraña como Georgiana Stockwell.
Con el último paquete en las manos, ocultándolo detrás de la espalda, llamó a la muchacha con voz alegre:
—Venga, Georgie, a recibir lo suyo.
La interpelada se adelantó con presteza, y en actitud nada hosca. De hecho, sonreía, un tanto ansiosa, pero con algo de la expresión de una niña interesada en la escena. Fue junto a él, y la luz del hogar se reflejó en su rostro.