Código del oeste
Código del oeste Era lo más próximo que habían estado el uno del otro desde hacía un mes. Cal tembló, y se le hizo difícil seguir desempeñando su papel de alegre distribuidor de aguinaldos. Casi se olvidó de las circunstancias actuales.
—No hay duda de que está en carácter haciendo de Santa Claus —dijo Georgiana.
—Adivine lo que es —insinuó Cal.
—¡Oh, no puedo! No tengo la menor idea.
—Apuesto a que le gusta —continuó él para intrigarla aún más—. Tuve suerte. De veras fue una gran casualidad.
—Bueno, pues démelo… si es tan extraordinario —replicó Georgiana sin dejarse convencer del todo. Su cara indicaba algo de agradable expectación, pero ningún entusiasmo.
—¡Bombones de la casa Huyler… de Nueva York! —anunció Cal con aire de triunfo, entregándole la caja.
—¡Oh! ¿De veras? ¡Qué delicia! —exclamó Georgiana, súbitamente radiante al recoger presurosa el regalo.
—Georgie, le deseo alegres Navidades y un feliz Año Nuevo, aquí… en el Tonto —agregó Cal, hablando con extraña gravedad, bien distinta de su anterior expresión de regocijo.