Código del oeste
Código del oeste Quiso la suerte que el lunes amaneciera un día espléndido, de sol resplandeciente. La Naturaleza sonreía en apoyo de su empresa. Antes del mediodía ensilló su caballo y se marchó. Describiendo un círculo por entre el terreno cubierto de matorrales, aproximóse al rancho, deteniéndose en un lugar donde la espesa vegetación tocaba al camino. Allí, oculto a las miradas de los posibles viajeros, ató su cabalgadura y regresó a la casa. Todos los hombres habían vuelto al trabajo, después de las fiestas. Mary Stockwell había desaparecido. La madre y las hermanas de Cal estaban entregadas a sus habituales faenas domésticas. El muchacho sentía la certidumbre de que Georgiana saldría fuera, a disfrutar del sol; pero, aunque no lo hiciera, las circunstancias eran favorables para el éxito de la aventura. Vistiendo la peor ropa que poseía (en realidad, vestidos andrajosos que antes tenía ya desechados) hizo un lío con varios objetos que necesitaba. Púsose al cinto un enorme revólver. Y con un viejo sombrero gacho, imaginó que había conseguido adoptar la traza de un verdadero forajido. Si no estuviera tomando la empresa tan en serio, sus preparativos hubieran provocado la risa. Mas, aunque no cesaba de llamarse tonto y ridículo, ponía su alma entera en lo que estaba haciendo. ¿Qué sucedería si Tuck fracasaba en su propósito de persuadir al párroco Meeker? Mil temores asediaban a Cal. Salió a hurtadillas y se emboscó cerca de la casa, vigilando desde su escondite con tal insistencia, que llegaron a dolerle los ojos. Acaso la espera se haría interminable. Horas y más horas pasarían quizás, sin que la muchacha saliera a pasear. O tal vez no se le ocurriera salir y entonces tendría él que ir a buscarla. La excitación, el entusiasmo, el gusto por la atrevida maquinación, desaparecían poco a poco. Sentía un nudo en la garganta; la piel se le puso viscosa y fría, y su inquietud aumentaba hasta hacerse intolerable.