Código del oeste

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No obstante, ahora las cosas tomaban un rumbo inesperado. Él acechaba el momento en que Georgiana saliera de paseo. El intruso, sin duda, aguardaba lo mismo. Confrontado con este problema, Cal procuró pensar cómo lo resolvería. Al mismo tiempo no desatendía su vigilancia desde su puesto de observación, rodeado de punzantes «manzanitas». Súbitamente, se irguió en su escondite. Acababa de presentarse Georgiana en la portalada, y al perspicaz muchacho no se le escapó la ansiosa mirada con que escudriñó el camino, hacia arriba y hacia abajo.

—¡Oh infierno! —rugió, como si acabarán de darle un puñalada. Georgiana sabía que Hatfield andaba por allí. Iba a juntarse con él. Por algunos instantes sufrió una agonía más dolorosa que cuantas había experimentado en el curso de su vida entera. Luego, con la rapidez de la luz, mudó de talante.

—¡Ajú! —murmuró con voz ronca—. Yo también iré a la reunión, Georgie… y entonces podrás elegir entre los dos.





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