Código del oeste
Código del oeste A través de una abertura entre los árboles, distinguió a la joven, que marchaba a escape. Se escurrió tras ella, manteniéndose al abrigo de los matorrales. A poco andar vio el caballo de Hatfield, y en seguida, a éste, sentado sobre un tronco caído, esperando. Hatfield advirtió, en esto, que Georgiana se aproximaba. ¡Qué anhelante y gozosa era su actitud! Cal rechinó los dientes, lleno de celosa cólera. Acaso aquel sujeto tenía motivos para mostrarse contento de su suerte. Habían escogido la parte más tupida del bosquecillo para celebrar la entrevista. De nuevo vio Cal a la muchacha, caminando con menos resolución. Estaba ya lo suficientemente cerca para verlo y oírlo todo. Pensó que se acercaba el instante de proceder. Con inmenso interés púsose a observar hasta los menos detalles.
Cuando Hatfield trató de abrazar a la chica y ésta le rechazó enérgicamente, Cal experimentó en el pecho una violenta conmoción. ¡Pero distinta de la primera! No necesitaba más para comprender que Georgiana no era la amante de Hatfield. Ella no debía estar allí, pero quizás existieran circunstancias atenuantes. La aguda mirada de Cal recorrió de arriba abajo la persona de Bid, en busca del revólver. No vio que lo tuviera.
—Si está armado —se dijo—, ya nos entenderemos… Yo, por mi parte, estoy dispuesto para lo que venga. Y si no tiene armas, su encuentro con Georgiana en este sitio redundará en provecho mío.