Código del oeste

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Desenfundando el revólver, avanzó cuidadosamente, cubriéndose con gran cuidado. Pero no era necesaria tanta precaución. Los otros, absortos en su diálogo, no reparaban en nada más. Hatfield imploraba, con voz insinuante:

—¡Oh Georgie! ¡Eso no puede ser!

—Pues sí que lo es —contestó la joven, casi con aspereza—. He estado haciendo tonterías… bastante tiempo. Como si hubiera perdido la cabeza. Hago mal viniendo aquí. Estaría mal aun cuando le amara a usted… que no le amo. Yo nunca…

Cal gritó entonces:

—¡Arriba las manos, Bid!… ¡Pronto!

Hatfield, que estaba de espaldas, no se hizo repetir la orden. Puso las manos en alto y permaneció rígido. Georgiana se dio vuelta para enfrentarse con Cal, y dejó escapar un penetrante alarido de asombro.

—¡Cierra la boca! —le ordenó el muchacho con voz que resonó como un latigazo.

Después, corriendo hasta situarse frente a Hatfield, le puso el cañón del revólver delante de la cara. Un rápido examen le bastó a Cal para convencerse de que su rival estaba desarmado. Esta seguridad contribuyó a disminuir la tensión de sus nervios, dándole mayor fuerza para sacar ventaja de la situación.


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