Código del oeste
Código del oeste —¡Voy a matarlo! —chilló con toda la furia de que fue capaz. Lo hizo, sin duda, tan bien, que Hatfield se puso mortalmente pálido, y Georgiana clamé como una loca, muerta de terror.
—¡Por Dios, Cal!… ¡No…, no lo mate! —suplicaba, fuera de sÃ.
—¿Por qué no? Tú vienes a buscarlo a este sito… saliendo a escondidas de la casa donde estás como huésped… ofendiendo a todos los Thurman del Tonto… deshonrando a tu hermana… ¡Mucho tienes que quererle!
—¡Oh, Cal!… ¡Juro que no le quiero!, —sollozó la muchacha con el rostro demudado por el espanto—. Me he sentido tan sola… tan triste… La primera vez nos encontramos por casualidad, me rogó, me importunó, y fui lo bastante tonta para acudir a este lugar. He sido imprudente… pero no me intereso por él ni lo más mÃnimo. Jamás he pensado que pudiera llegar a quererlo.
—Has tenido citas con él… como ésta… y eso le basta y le sobra a cualquier Thurman —repuso Cal ásperamente.
—Pero Hatfield no tiene la culpa —gimió la joven—. Toda la culpa es mÃa… Baje, por Dios, esa terrible arma.