Código del oeste
Código del oeste En su ansiedad, hizo un movimiento como para asirse a Cal, quien, con un brusco revés del brazo izquierdo, la apartó tan rudamente que la lanzó tambaleándose contra el tronco derribado, y poco faltó para que fuera al suelo. Llevóse las manos al pecho, entreabrió los labios, y los ojos se le encendieron como ascuas.
—Hatfield —dijo entonces Cal en tono que no admitía réplica—, coja su caballo y lárguese de aquí en el acto. Le dejo ir porque ella lo ha disculpado satisfactoriamente.
Con paso largo y rápido fue Hatfield adonde estaba su caballo, montó de un salto y con ambas manos trató de recoger la brida. Conseguido esto, se irguió en la silla, volvió la cara, pálida y con expresión vindicativa, hacia Cal, espoleó al noble bruto, y desapareció bajo los árboles. Luego se oyó el rítmico y apresurado golpear de los cascos contra el duro suelo del camino.
Cuando Cal se volvió en dirección a Georgiana, su firme resolución estuvo a punto de abandonarle. Pero la debilidad y blandura estaban fuera del programa: no podían ser toleradas de ninguna manera. Tuck le había aleccionado maravillosamente. Tenía que representar su papel hasta el fin, sin el menor desfallecimiento, so pena de fracasar.