Código del oeste
Código del oeste —Dos amigos mÃos, Tuck Merry y… el párroco Meeker. —El tono de la voz de Cal, afectadamente brusco y enérgico, le ayudaba a salir adelante, aunque, en realidad, el muchacho se sentÃa en tal estado de ánimo que deseaba que la tierra se abriera y se lo tragara. No obstante, la mirada que posó sobre Georgiana era tan sombrÃa, que hacÃa suponer que no retrocederÃa ante nada para alcanzar su propósito.
—¡El párroco Meeker…! —repitió la muchacha como en un suspiro.
—SÃ… Y te vas a casar conmigo. ¿Te enteras? Por toda respuesta, ella le miró fijamente.
—He dicho… que te vas a casar conmigo —insistió él dándole una fuerte sacudida. Entonces se dio cuenta de que la joven le tenÃa fÃsicamente miedo, fuertemente impresionada. Pálida como una difunta, se llevó al pecho la diestra, trémula de emoción.
—Cal —dijo—, no puede obligarme… a que diga… que sÃ.
—Bueno…, «obligarte», no. Pero si no lo dices, seré mucho peor…, para ti y para mÃ.
—Le declararé al párroco que he sido traÃda a la fuerza… y que, como me resistÃa, usted me golpeó, haciéndome perder el sentido. En esas condiciones, el señor Meeker no se atreverá a casarnos.
—Pero el caso es que no declararás semejante cosa —manifestó Cal con aire feroz.