Código del oeste

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¡Qué descanso el llevar la espalda vuelta hacia aquellos ojos fijos y escrutadores! ¿Habría ella penetrado su secreto? ¿Habría visto la verdad, a través de la burda comedia representada por él? El hecho de haberse dejado casar y de ir ahora sobre el caballo era prueba de que aún no había recobrado el dominio de sus facultades. Cal confiaba en mantener su subterfugio un poco más, a lo menos hasta que llegaran al homestead. Se daba cuenta de que no podría seguir fingiendo. Y, en realidad, no se preocupaba por ello. Su acción se le antojaba ahora de un atrevimiento enorme. Sin embargo, no se arrepentía. Se había casado con ella. Ese sencillo acontecimiento sería pronto conocido en todo el Tonto y aunque no faltaría quien le ridiculizara, todo el mundo lo miraría con respeto. Y lo más importante era que el estado social de ella había cambiado. Ella le abandonaría, desde luego, en cuanto se enterara de que su actitud violenta y desesperada había sido pura farsa. Mañana, cuando viniera la hermana a visitarlos… ¿Cómo interpretaría Mary lo sucedido? Ella, mejor que nadie, comprendería, inclinándose a ser indulgente. Y hasta cabía en lo posible que se alegrara.

Así reflexionaba Cal por el camino adelante. La tarde, con su breve período de sol invernal, comenzaba a desfallecer. El aire se tornaba frío y molesto. La tupida fronda de los pinos interceptaba ya la escasa luz.


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