Código del oeste
Código del oeste —¿Sientes frío? —preguntó Cal volviéndose por primera vez.
Ella, acurrucada en la silla, le contestó:
—Sí, bastante.
Entonces Cal, despojándose de su gruesa chaqueta, se aproximó y, tendiéndosela, le dijo:
—Toma. Póntela.
Sus ojos se encontraron. Él notó en los de ella cansancio y pena, junto con una sombra, que tomó por miedo. —No— replicó Georgiana.
—No te ensuciará —observó el muchacho, resentido.
—La rechazo porque creo que usted la necesita, no porque esté sucia y andrajosa —repuso ella con altivez.
—¡Ajú! Te has vuelto, de súbito, demasiado considerada para conmigo —manifestó Cal sarcásticamente—. Bueno, o te la pones, y pronto, o te arranco de ahí y te la endoso, quieras o no quieras. ¿Sabes?
A ella se le dilataron las pupilas, aunque con un fulgor que desapareció como un relámpago. Tembláronle los labios; pero obedeció, cubriéndose con la chaqueta.